miércoles, 11 de abril de 2012

La política es un restaurante:




La política es como cocinar. Corrijamos eso, la política es como tener un restaurante; si uno se pone a verlo por un momento, es así como se maneja este asunto de controlar un país. La gente entra al restaurante y sabe que va a pagar y también espera algo, espera que le den satisfacción, espera que esa estadía en el restaurante, por tan corta o larga que sea, le de un sustento para seguir adelante.

El restaurante sabe que tiene que desempeñar, por algo la gente está yendo a este restaurante y no al de la esquina o el que queda en el otro barrio que uno que otro amigo le recomendó. No, vamos a este restaurante porque este, al parecer es muy bueno. Comienza el turno en las tempranas horas de la mañana, cuando el mundo está o muy dormido o muy borracho para pensar claramente, y comienza con el restaurante buscando los ingredientes.

¿Ingredientes para qué? Bueno pues, ingredientes para hacer la comida, para hacer el sustento que nos va a alimentar por un día más. Pero ahí están, con ese frío de la madrugada, la neblina que cubre los edificios, las lámparas tratan de romperla con su luz amarilla, tan cálida, la nariz parece estar mojada, ¿es el frío o es que se están resfriando? Se vuelven a ver unos a otros, están de mal humor o sencillamente no quieren estar ahí. Con un gesto tranquilo comienzan: el de transportes tiene que ir por los ingredientes al mercado y está llegando el mejor marisco del país.

Se monta en el camión y se va para el mercado. No va a llegar al mercado. Se va para donde su amigo que le consigue un pescado barato que logró conseguir de Brasil, intoxicado con mercurio, pero barato. Se deja la plata, la esconde y consigue una factura por el pescado que venden en el mercado. ¿Por qué lo hace? Ni él sabe, así lo hacía el chofer antes, y así aprendió él.

Trae el pescado al restaurante, sabiendo que no está fresco y tiene mercurio, pero no dice nada. Es muy temprano, la jornada no se ha puesto intensa y sabe que, para horas de la tarde, el pescado va a ser el menor de los problemas. Feliz con su plata, se va para el pasillo a fumar.

Llega el pescado al encargado de carnes. Este carajo vieras que es bien talentoso, pero también perezoso, ¡qué combinación! Su labor es repartir el pescado, cortarlo en diferentes cortes que se usaran durante el día, en diferentes estilos y a diferentes horas. Ve el pescado, ve a su asistente, ve el pescado.

- A ver, Julián, usted quería aprender a cortar –dice feliz, se rasca la panza y se va a fumar-, aprenda con este corte.

            Julián está feliz de la vida pero Julián no sabe cortar pescado. Lleva si acaso un mes y comenzó en contaduría. Terminó en la cocina porque a él le gustaba cocinar y su tío es el dueño del restaurante.

            Julián cagó el pescado.

            El pescado todo cagado llega a la cocina principal, al congelador, a la estación de sushi, a la sección de salsas y, milagrosamente, hasta la sección de postres.

            - Oiga, Julián, ¿qué putas hago yo con pescado? ¿Bolis de corvina?
            - Diay, no sé, haga lo que quiera, a mi me dijeron que repartiera eso- El de postres sacude los hombros, arruga los labios, y se pone a pensar. Levanta las cejas y sonríe, a su esposa le gusta el pescado. Se lo va a llevar a su casita.

            Y apenas son las seis de la mañana.

            El de sushi hoy no anda de buenas; ayer se le metieron a robar y se llevaron la pantalla plana. Se pone el sombrero ese ridículo que lo hace sudar, se amarra el delantal y agarra ese pedazo de pescado todo demacrado. Como un caballo relincha, reputeado, y tira el cuchillo. Casi mata a la pobre mesera. Cierra los ojos y respira profundo, vuelve a ver a Julián, sacude la cabeza y lo acepta: ese chiquito escuálido, medio tonto y baboso no tiene nada que ver, lo más probable ni tenga idea de qué está pasando. Sabe que el jefe de carnes es un dolor de huevos entonces mejor se queda callado. Además, hoy pagan. Hoy siempre pagan.

            El sushi queda horrible pero, ya para las ocho, está listo.

            El de congelador le valió completa gorra porque sólo emplasticó el pescado y lo tiró al fondo. Sabe que ahí le aguanta unos años; saca el pescado viejo y lo comienza a descongelar.

            Ya como a las once, se comienza a mover el asunto, porque el pescado se tiene que preparar, pero hay una bronca, como dicen por ahí, porque el Chef no ha llegado. ¿Ven? Este carajo si tiene una buena historia; a él lo pusieron de Chef porque estuvo veinte años metido en un hotel, nadie sabe haciendo qué, pero veinte años es experiencia. Siempre llega tapis, se ha prensado a todas las meseras (y dicen que a un mesero), no sabe hacer ni costra pero no lo pueden echar porque el contrato es por seis años. ¡Ay, uón!

            Llaman a Julián, ¡ay, Juliancito!
           
            Comienza a hacer el pescado justo a tiempo para el primer cliente. Viene con su esposa, ahorraron todo el mes para poder venir, y están celebrando cinco años de casados. Se sientan y los atiene la mesera, muy servicial, quien les pregunta qué comerán. La respuesta es sencilla: pescado, porque es un restaurante de pescado.
           
            Ella muy servicial se va a entregar los pedidos. Juliancito ya los tiene casi listos (bueno, eso cree), pero no hay nadie que sirva las bebidas. La que atiende las bebidas está embarazada (desde hace un año) y no ha podido venir hoy; la mesera decide que no es tan difícil servir unas bebidas, entonces las prepara ella. Luego de alistar la cerveza –en vaso, lógicamente, para poder meterle hielo- se da cuenta que sobró un “culito” de cerveza. Ahí luego se lo toma, no hay que botarlo.
            Listo, la mesera sirvió las bebidas y sabe que en cinco minutos va a salir la comida. Bueno, eso cree.

            Diez minutos después  y nada.

            Quince minutos después y nada.

            Media hora, ¿qué habrá pasado?

            Los clientes no están muy felices, ya están reclamando, pero ella no sabe manejar reclamos porque nadie le enseñó. El único que sabe ya se pensionó.

            ¡Ya salieron las órdenes! Ella se apura para servirlas, las coloca y se disculpa (ella sí es honesta), pero no se da cuenta de todo lo que acaba de pasar. Cuando Juliancito terminó el plato, se lo mandó al punto de llegada, donde había que recogerlo y dárselo a la mesera. Él lo empujó con mucha fuerza y el plato deslizó por el acero inoxidable hasta caerse. Todo se dañó pero el filete sobrevivió. Estaba un poco sucio eso sí, tenía pelos y tierra, pero el de Sushi dijo que aguantaba, que no había tiempo. Lo limpiaron de nuevo pero no había puré entonces sacaron del puré en polvo que venden en la esquina, lo alistaron y lo prepararon. Cogieron otro plato, alistaron la comida y la mandaron.

            La pareja lo prueba, el resultado el blando, no impresiona, es decepcionante.

            Tal vez el postre estará mejor.

            El de postres se fue a almorzar pescadito con la esposa. El encargado es, ¿quién? Ahí sale disparado Juliancito a cortar un poco de queque y ponerle helado. Agarra sirope de chocolate y ahoga el helado con queque en chocolate. Un poco de crema chantilly y listo.

            Todo sabe mejor con chocolate.

            Pero ese chocolate estaba rancio, pobres clientes, no saben la diarrea que les espera. Pero bueno, aguantó. Digamos que estuvo buena la comida, no se puede nada más pero qué mal que la gente piense que esto es lo mejor. Él pide la cuenta, ella se incomoda un poco, baja la cara, no le gusta que la inviten, pero ella pagó la vez pasada y todavía se está recuperando.
           
            Casi le da un paro a ese hombre, ¡qué cara la cuenta! Saca la tarjeta, exhala y la vuelve a ver. Sonríe. Al menos la tiene a ella.

            Ya para las cinco toca cerrar. Ellos no trabajan de noche porque es muy difícil aunque hay gente que sí le gusta cenar en restaurantes en la noche pero no pueden, no hay alternativa. Aquí ya llega la jefa, ella es la dueña del restaurante y le gustaría saber qué ha pasado en el día; confiado, llega Juliancito y da el reporte. Él recibió el pescado, él lo preparó, él arregló los platos y todo está bien. Vea, hasta hay una cuenta para probarlo.

            Mmm, a mí este restaurante Doña Laura ya no me gusta. Voy a buscar otro, pero como que no hay muchas opciones.

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