Estimada
doña Laura,
La
invito a tomar café. Yo traigo la repostería, usted sólo venga; eso sí, me dice
qué le gustaría porque no quiero equivocarme y llevar algo que no le guste. Por
favor, sentémonos a hablar, a discutir lo que nos rodea. Quitemos las cámaras,
quitemos el estrés del día a día, los celulares, todo eso, sólo conversar. Es
sencillo eso, ¿no? No hay nada más tica que sentarse una tarde con una taza de
café, un pan fresco y queso Turrialba.
¿Le
puedo contar una historia? Vieras que hace como dos años, puede ser más, puede
ser menos, estaba yo sentado en el asiento quince-C del vuelo diez ochenta y
dos de Continental, acumulando mi decimo octava hora de vuelo consecutiva.
Estaba harto de la comida llena de sodio, los asientos pequeños, pasajeros
molestos y turbulencia extrema. Los baños, como siempre serán, eran pequeños e
incómodos y el riesgo de terminar orinado crecía con cada hora que pasaba del
vuelo.
Todos
los pasajeros, en su mayoría gringos, iban enviciados con el partido que pasaban
por esos monitores diminutos. Parecían orcos sin cerebro, unos celebraban
mientras otros maldecían, se escuchaban las viejas rivalidades revivir cuando
anotaban y a nadie le parecía importar. Según recuerdo ganó Nueva Orleans y me
pareció una bonita victoria luego de lo que había sufrido ese pueblo con
Katrina y luego de eso, a nadie le importó. Viera usted qué interesante, a
absolutamente nadie le parecía causar intriga. Pues a mí sí.
Yo
sí estaba intrigado, estaba preocupado y quería saber. Es increíble la paz que
puede generar un avión, aún en turbulencia, más que paz es una ignorancia. El
mundo puede seguir girando pero uno no tiene opción más que quedarse sentado y
callado. Hay que esperar a que se abra la puerta para saber qué ha pasado.
Pues, yo ya quería aterrizar para preguntarle a alguien, a quien fuera.
Yo
no voté, doña Laura, estaba lo más probable cruzando algún estado de la costa
atlántica cuando los puestos de votación cerraron. Yo quería votar, yo quería
ejercer mi derecho a escoger un futuro mejor para mi país; ya ve, yo no le
miento, yo iba a votar por usted. Por eso la invito a tomar café. Hablemos,
hablemos de cómo Costa Rica es un atleta retirado, un campeón mundial en su
lecho de muerte; Costa Rica es una piedra en el zapato de la oscura, tórrida
historia de los gobiernos Latinoamericanos. Alguna vez fue una referencia de
cómo se debería gobernar un país.
Entonces,
¿no es cierto, Doña Laura, que somos una nación de paz, de democracia y del
pueblo? De tanto andar en avión, me doy cuenta que ahora, decir que este país sigue
siendo lo que una vez fue, es viajar en primera clase en un avión que se va a
estrellar. Igual nos vamos pa’l carajo. Pero conversemos, doña Laura, hablemos.
Traje
gaticos y costillas de guayaba, espero le gusten.
Hablemos
de Facebook. Cuénteme si usted lo usa, me gustaría saber. Yo es que me impresiono
de cómo las redes sociales hierven con disgusto y desagrado hacia el gobierno. Eso
sí, el tico puede ser que pase berreando, criticando y que al final no haga
nada, pero la herramienta es poderosa, ¿no cree? Pregúntele a Egipto. Siento yo
que por eso hay que ponerle atención. Y aún así, entre todo ese ataque, entre
todo esa crítica, parece que de nuestro “piso” no pasa. Parece que es
únicamente una comunicación horizontal y el mensajero nunca llega a los pisos
de arriba. ¿En qué piso está usted, doña Laura?
Yo
sé, doña Laura, yo sé que tiene muchos problemas. ¡Por eso la invito a un café!
Con una buena taza, nos sentamos a hablar de la Asamblea. Ahora, si me pongo a
analizar, no logro comprenderla entonces quiero que me ayude. La Asamblea es
para el pueblo, ¿verdad? Nosotros los del pueblo escogemos los que la componen,
o al menos, eso dice la teoría.
Nosotros.
Los del pueblo. ¿Cuándo perdieron significado esas palabras, doña Laura?
¿Qué
pasó?
Es
que, al menos, el redactor de esta invitación no entiende porque hay un ex
convicto dirigiendo lo que sería nuestra voz, nuestra “capacidad de elegir”.
Hasta decirlo en voz alta suena feo. O será que ser criminal no es tan malo,
¿tal vez? No entiendo porque ellos tienen deudas, como el resto de los ticos,
pero no las pagan cuando pueden. Explíqueme eso, eso de los tiempo bíblicos de
pago; en ningún banco me lo explicaron. Y, ya que está en esas, ¿me ayuda a
entender eso del plan fiscal?
¿Para
qué aumentar los impuestos si no los está recaudando bien?
No
quiero que sienta que la ataco, doña Laura, es que cuando uno conversa ya en
confianza, uno se acomoda y pregunta sin vergüenza. No sé si ha notado pero en
ningún punto le dije Presidenta y es porque no me interesa la opinión de la
Presidenta, me interesa la opinión de Laura Chinchilla Miranda, la
costarricense.
¿Qué
piensa de los criminales que andan sueltos?
¿De
que las corbatas ahora se asocian con corrupción?
¿De
que el borracho que usted detuvo está libre?
¿De
que el futuro –la pensión– de la gente trabajadora está en el limbo?
¿De
que este lugar se llame Costa Rica?
Conversemos,
doña Laura, sobre lo que decían los abuelos, lo que gritaban con orgullo: la
paz, la democracia, la felicidad de esta nación. Doña Laura, sentémonos,
conversemos; invite a quién quiera, de mi parte sólo soy yo y cuatro millones
más.
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