miércoles, 2 de mayo de 2012

Invitación abierta a Doña Laura


Estimada doña Laura,


La invito a tomar café. Yo traigo la repostería, usted sólo venga; eso sí, me dice qué le gustaría porque no quiero equivocarme y llevar algo que no le guste. Por favor, sentémonos a hablar, a discutir lo que nos rodea. Quitemos las cámaras, quitemos el estrés del día a día, los celulares, todo eso, sólo conversar. Es sencillo eso, ¿no? No hay nada más tica que sentarse una tarde con una taza de café, un pan fresco y queso Turrialba.

¿Le puedo contar una historia? Vieras que hace como dos años, puede ser más, puede ser menos, estaba yo sentado en el asiento quince-C del vuelo diez ochenta y dos de Continental, acumulando mi decimo octava hora de vuelo consecutiva. Estaba harto de la comida llena de sodio, los asientos pequeños, pasajeros molestos y turbulencia extrema. Los baños, como siempre serán, eran pequeños e incómodos y el riesgo de terminar orinado crecía con cada hora que pasaba del vuelo.

Todos los pasajeros, en su mayoría gringos, iban enviciados con el partido que pasaban por esos monitores diminutos. Parecían orcos sin cerebro, unos celebraban mientras otros maldecían, se escuchaban las viejas rivalidades revivir cuando anotaban y a nadie le parecía importar. Según recuerdo ganó Nueva Orleans y me pareció una bonita victoria luego de lo que había sufrido ese pueblo con Katrina y luego de eso, a nadie le importó. Viera usted qué interesante, a absolutamente nadie le parecía causar intriga. Pues a mí sí.

Yo sí estaba intrigado, estaba preocupado y quería saber. Es increíble la paz que puede generar un avión, aún en turbulencia, más que paz es una ignorancia. El mundo puede seguir girando pero uno no tiene opción más que quedarse sentado y callado. Hay que esperar a que se abra la puerta para saber qué ha pasado. Pues, yo ya quería aterrizar para preguntarle a alguien, a quien fuera.

Yo no voté, doña Laura, estaba lo más probable cruzando algún estado de la costa atlántica cuando los puestos de votación cerraron. Yo quería votar, yo quería ejercer mi derecho a escoger un futuro mejor para mi país; ya ve, yo no le miento, yo iba a votar por usted. Por eso la invito a tomar café. Hablemos, hablemos de cómo Costa Rica es un atleta retirado, un campeón mundial en su lecho de muerte; Costa Rica es una piedra en el zapato de la oscura, tórrida historia de los gobiernos Latinoamericanos. Alguna vez fue una referencia de cómo se debería gobernar un país.  

Entonces, ¿no es cierto, Doña Laura, que somos una nación de paz, de democracia y del pueblo? De tanto andar en avión, me doy cuenta que ahora, decir que este país sigue siendo lo que una vez fue, es viajar en primera clase en un avión que se va a estrellar. Igual nos vamos pa’l carajo. Pero conversemos, doña Laura, hablemos.

Traje gaticos y costillas de guayaba, espero le gusten.
Hablemos de Facebook. Cuénteme si usted lo usa, me gustaría saber. Yo es que me impresiono de cómo las redes sociales hierven con disgusto y desagrado hacia el gobierno. Eso sí, el tico puede ser que pase berreando, criticando y que al final no haga nada, pero la herramienta es poderosa, ¿no cree? Pregúntele a Egipto. Siento yo que por eso hay que ponerle atención. Y aún así, entre todo ese ataque, entre todo esa crítica, parece que de nuestro “piso” no pasa. Parece que es únicamente una comunicación horizontal y el mensajero nunca llega a los pisos de arriba. ¿En qué piso está usted, doña Laura?

Yo sé, doña Laura, yo sé que tiene muchos problemas. ¡Por eso la invito a un café! Con una buena taza, nos sentamos a hablar de la Asamblea. Ahora, si me pongo a analizar, no logro comprenderla entonces quiero que me ayude. La Asamblea es para el pueblo, ¿verdad? Nosotros los del pueblo escogemos los que la componen, o al menos, eso dice la teoría.

Nosotros. Los del pueblo. ¿Cuándo perdieron significado esas palabras, doña Laura?

¿Qué pasó?

Es que, al menos, el redactor de esta invitación no entiende porque hay un ex convicto dirigiendo lo que sería nuestra voz, nuestra “capacidad de elegir”. Hasta decirlo en voz alta suena feo. O será que ser criminal no es tan malo, ¿tal vez? No entiendo porque ellos tienen deudas, como el resto de los ticos, pero no las pagan cuando pueden. Explíqueme eso, eso de los tiempo bíblicos de pago; en ningún banco me lo explicaron. Y, ya que está en esas, ¿me ayuda a entender eso del plan fiscal?

¿Para qué aumentar los impuestos si no los está recaudando bien?

No quiero que sienta que la ataco, doña Laura, es que cuando uno conversa ya en confianza, uno se acomoda y pregunta sin vergüenza. No sé si ha notado pero en ningún punto le dije Presidenta y es porque no me interesa la opinión de la Presidenta, me interesa la opinión de Laura Chinchilla Miranda, la costarricense.

¿Qué piensa de los criminales que andan sueltos?

¿De que las corbatas ahora se asocian con corrupción?

¿De que el borracho que usted detuvo está libre?

¿De que el futuro –la pensión– de la gente trabajadora está en el limbo?

¿De que este lugar se llame Costa Rica?

Conversemos, doña Laura, sobre lo que decían los abuelos, lo que gritaban con orgullo: la paz, la democracia, la felicidad de esta nación. Doña Laura, sentémonos, conversemos; invite a quién quiera, de mi parte sólo soy yo y cuatro millones más.

miércoles, 11 de abril de 2012

La política es un restaurante:




La política es como cocinar. Corrijamos eso, la política es como tener un restaurante; si uno se pone a verlo por un momento, es así como se maneja este asunto de controlar un país. La gente entra al restaurante y sabe que va a pagar y también espera algo, espera que le den satisfacción, espera que esa estadía en el restaurante, por tan corta o larga que sea, le de un sustento para seguir adelante.

El restaurante sabe que tiene que desempeñar, por algo la gente está yendo a este restaurante y no al de la esquina o el que queda en el otro barrio que uno que otro amigo le recomendó. No, vamos a este restaurante porque este, al parecer es muy bueno. Comienza el turno en las tempranas horas de la mañana, cuando el mundo está o muy dormido o muy borracho para pensar claramente, y comienza con el restaurante buscando los ingredientes.

¿Ingredientes para qué? Bueno pues, ingredientes para hacer la comida, para hacer el sustento que nos va a alimentar por un día más. Pero ahí están, con ese frío de la madrugada, la neblina que cubre los edificios, las lámparas tratan de romperla con su luz amarilla, tan cálida, la nariz parece estar mojada, ¿es el frío o es que se están resfriando? Se vuelven a ver unos a otros, están de mal humor o sencillamente no quieren estar ahí. Con un gesto tranquilo comienzan: el de transportes tiene que ir por los ingredientes al mercado y está llegando el mejor marisco del país.

Se monta en el camión y se va para el mercado. No va a llegar al mercado. Se va para donde su amigo que le consigue un pescado barato que logró conseguir de Brasil, intoxicado con mercurio, pero barato. Se deja la plata, la esconde y consigue una factura por el pescado que venden en el mercado. ¿Por qué lo hace? Ni él sabe, así lo hacía el chofer antes, y así aprendió él.

Trae el pescado al restaurante, sabiendo que no está fresco y tiene mercurio, pero no dice nada. Es muy temprano, la jornada no se ha puesto intensa y sabe que, para horas de la tarde, el pescado va a ser el menor de los problemas. Feliz con su plata, se va para el pasillo a fumar.

Llega el pescado al encargado de carnes. Este carajo vieras que es bien talentoso, pero también perezoso, ¡qué combinación! Su labor es repartir el pescado, cortarlo en diferentes cortes que se usaran durante el día, en diferentes estilos y a diferentes horas. Ve el pescado, ve a su asistente, ve el pescado.

- A ver, Julián, usted quería aprender a cortar –dice feliz, se rasca la panza y se va a fumar-, aprenda con este corte.

            Julián está feliz de la vida pero Julián no sabe cortar pescado. Lleva si acaso un mes y comenzó en contaduría. Terminó en la cocina porque a él le gustaba cocinar y su tío es el dueño del restaurante.

            Julián cagó el pescado.

            El pescado todo cagado llega a la cocina principal, al congelador, a la estación de sushi, a la sección de salsas y, milagrosamente, hasta la sección de postres.

            - Oiga, Julián, ¿qué putas hago yo con pescado? ¿Bolis de corvina?
            - Diay, no sé, haga lo que quiera, a mi me dijeron que repartiera eso- El de postres sacude los hombros, arruga los labios, y se pone a pensar. Levanta las cejas y sonríe, a su esposa le gusta el pescado. Se lo va a llevar a su casita.

            Y apenas son las seis de la mañana.

            El de sushi hoy no anda de buenas; ayer se le metieron a robar y se llevaron la pantalla plana. Se pone el sombrero ese ridículo que lo hace sudar, se amarra el delantal y agarra ese pedazo de pescado todo demacrado. Como un caballo relincha, reputeado, y tira el cuchillo. Casi mata a la pobre mesera. Cierra los ojos y respira profundo, vuelve a ver a Julián, sacude la cabeza y lo acepta: ese chiquito escuálido, medio tonto y baboso no tiene nada que ver, lo más probable ni tenga idea de qué está pasando. Sabe que el jefe de carnes es un dolor de huevos entonces mejor se queda callado. Además, hoy pagan. Hoy siempre pagan.

            El sushi queda horrible pero, ya para las ocho, está listo.

            El de congelador le valió completa gorra porque sólo emplasticó el pescado y lo tiró al fondo. Sabe que ahí le aguanta unos años; saca el pescado viejo y lo comienza a descongelar.

            Ya como a las once, se comienza a mover el asunto, porque el pescado se tiene que preparar, pero hay una bronca, como dicen por ahí, porque el Chef no ha llegado. ¿Ven? Este carajo si tiene una buena historia; a él lo pusieron de Chef porque estuvo veinte años metido en un hotel, nadie sabe haciendo qué, pero veinte años es experiencia. Siempre llega tapis, se ha prensado a todas las meseras (y dicen que a un mesero), no sabe hacer ni costra pero no lo pueden echar porque el contrato es por seis años. ¡Ay, uón!

            Llaman a Julián, ¡ay, Juliancito!
           
            Comienza a hacer el pescado justo a tiempo para el primer cliente. Viene con su esposa, ahorraron todo el mes para poder venir, y están celebrando cinco años de casados. Se sientan y los atiene la mesera, muy servicial, quien les pregunta qué comerán. La respuesta es sencilla: pescado, porque es un restaurante de pescado.
           
            Ella muy servicial se va a entregar los pedidos. Juliancito ya los tiene casi listos (bueno, eso cree), pero no hay nadie que sirva las bebidas. La que atiende las bebidas está embarazada (desde hace un año) y no ha podido venir hoy; la mesera decide que no es tan difícil servir unas bebidas, entonces las prepara ella. Luego de alistar la cerveza –en vaso, lógicamente, para poder meterle hielo- se da cuenta que sobró un “culito” de cerveza. Ahí luego se lo toma, no hay que botarlo.
            Listo, la mesera sirvió las bebidas y sabe que en cinco minutos va a salir la comida. Bueno, eso cree.

            Diez minutos después  y nada.

            Quince minutos después y nada.

            Media hora, ¿qué habrá pasado?

            Los clientes no están muy felices, ya están reclamando, pero ella no sabe manejar reclamos porque nadie le enseñó. El único que sabe ya se pensionó.

            ¡Ya salieron las órdenes! Ella se apura para servirlas, las coloca y se disculpa (ella sí es honesta), pero no se da cuenta de todo lo que acaba de pasar. Cuando Juliancito terminó el plato, se lo mandó al punto de llegada, donde había que recogerlo y dárselo a la mesera. Él lo empujó con mucha fuerza y el plato deslizó por el acero inoxidable hasta caerse. Todo se dañó pero el filete sobrevivió. Estaba un poco sucio eso sí, tenía pelos y tierra, pero el de Sushi dijo que aguantaba, que no había tiempo. Lo limpiaron de nuevo pero no había puré entonces sacaron del puré en polvo que venden en la esquina, lo alistaron y lo prepararon. Cogieron otro plato, alistaron la comida y la mandaron.

            La pareja lo prueba, el resultado el blando, no impresiona, es decepcionante.

            Tal vez el postre estará mejor.

            El de postres se fue a almorzar pescadito con la esposa. El encargado es, ¿quién? Ahí sale disparado Juliancito a cortar un poco de queque y ponerle helado. Agarra sirope de chocolate y ahoga el helado con queque en chocolate. Un poco de crema chantilly y listo.

            Todo sabe mejor con chocolate.

            Pero ese chocolate estaba rancio, pobres clientes, no saben la diarrea que les espera. Pero bueno, aguantó. Digamos que estuvo buena la comida, no se puede nada más pero qué mal que la gente piense que esto es lo mejor. Él pide la cuenta, ella se incomoda un poco, baja la cara, no le gusta que la inviten, pero ella pagó la vez pasada y todavía se está recuperando.
           
            Casi le da un paro a ese hombre, ¡qué cara la cuenta! Saca la tarjeta, exhala y la vuelve a ver. Sonríe. Al menos la tiene a ella.

            Ya para las cinco toca cerrar. Ellos no trabajan de noche porque es muy difícil aunque hay gente que sí le gusta cenar en restaurantes en la noche pero no pueden, no hay alternativa. Aquí ya llega la jefa, ella es la dueña del restaurante y le gustaría saber qué ha pasado en el día; confiado, llega Juliancito y da el reporte. Él recibió el pescado, él lo preparó, él arregló los platos y todo está bien. Vea, hasta hay una cuenta para probarlo.

            Mmm, a mí este restaurante Doña Laura ya no me gusta. Voy a buscar otro, pero como que no hay muchas opciones.